Ni piedra ni junco
Que de su silencio y su andar no sepan,
El ha sido con su queja,
Con su espada de dientes y de cuerdas
el que de un tirón de orejas
al tiempo ha despabilado
y asà las flores
y todos sus hijos mansos
nos hemos atrevido
a danzar,
a sembrar amor con su tristeza.
Encarcelado siempre en la pena.
Padre Sol,
Amansador de almas,
En tu voz vieja como el tero
A escuchar a otra voz he aprendido,
he sabido de a ratos a hacerme a un lado
A vivir el lapso inconfundible del eterno instante,
El relámpago azul sin tiempo,
Ese acorde que aún tiembla en mi alma
Sombra que osas a partir,
Vete,
Huye de esta nuestra sanguÃnea velada,
Huérfano déjame una vez más
AquÃ
A salvo de todo
menos de mÃ
de todo
Menos de aquel.


