Suprimidas y atadas
Su libertad y sus manos,
El dolido Chasqui por verse presa
Jura no hablar nunca,
Y menos contar cosa alguna.
Con el silencio siempre
Que el desierto y la Puna convidan,
Este mensajero vivía:
Trotando el mundo,
Las montañas,
Atravesando el viento
tibia flecha,
Fatigado
Y orgulloso,
De llevar los secretos hablares.
Xaquiguana capturarlo vio
Por hombres de Pizarro aquella tarde.
Un sol que también
las tripas rajaba
Posado en el ancestral valle,
Fue bastión,
Pilar de única fe
Y le sirvió a las plegarias,
Aquellas lingüísticas ofrendas
Que aquel a la muerte enviaba,
Para que corta la espera fuera
Y esta
pronto a buscarlo venga,
antes que la traición involuntaria
se disfrace de serpiente lengua.
Bien sabía Pizarro
Como extraer el canto,
De la roca más dura,
De la sombra más ciega,
Así este lo dispuso
Y así fue:
Una pequeña,
Incisiva,
Cortante de fuego lengua,
Lamía sus pies dolientes
Y la diabólica,
La certera,
Seducía palabras al indio,
Aquellas
Las atesoradas.
Momentos luego,
La verdad se hizo su dueña:
“Sus animales veloces,
caballos los de ustedes,
las montañas trepar nunca podrán,
el miedo es tamaño,
espantar no hay que dejarse por estos..”
Boquiabierto Pizarro
Con su furioso emblema,
Encender ordena aun más al Chasqui.
Entonces de fuego
La lengua trepa,
Y la cintura toca y las piernas,
Todo es gritos,
Todo es dolor en aquel desdichado.
El calcino fin se acerca
Al igual que el sol que ya se esconde,
Pizarro desde el camino escucha
Algo más gritar,
Nuevo rumor del moribundo:
-¿Qué ha dicho el salvaje?-
a sus guardianes pregunta,
los cautelosos contestan:
-Señor mío,
El indio ha dicho
Que nosotros
También a morir partimos-.


