Tras el cerro de Tepeyac se esconde
Una luz divina, no nuestra,
Y se esconde para evitar el ultrajo
De doradas manos
y crucifijos más que extraños.
Pero aquel afortunado,
Un elegido un tanto sorprendido,
Diviso y fue testigo
Del secreto que el tiempo le ofrecÃa:
La madre de la tierra descendÃa
Y con ella la luz
iluminó al indio.
En su rostro aquel
La marca de hierro llevaba,
Como obligado tatuaje
del infierno terrestre,
el designado obispo del imperio
jugaba a defenderlos,
conducirlos.
Encargado fiel de la quema
De los aztecas códices,
De los Ãdolos, los templos
Y todas las pinturas,
Escuchó atento
El verdugo cristiano
El mÃstico relato,
Y al instante aquel pensó
Que no tendrÃa,
Que regalo alguno,
Aquel haber contado.
El obispo Zumárraga
le ordena por siempre
Olvidar el encuentro
Y promete hogueras,
Nuevos templos incendiados
Y profundas tierras serán su nueva casa
Si aquel ingenuo e incivilizado,
Continua mintiendo.
Decide él sin olvidar
Por su bien silenciarse,
Bien sabe que la lengua Náhuatl no miente
Y bien sabe que lo visto
Visto está...
Y su corazón dolido
Por siempre,
El secreto
atesorará.


